La fundación Libros para Niños realizó el concurso de cuentos para niños y la ganadora fue una arquitecta, la joven Danny Yahoska Osorio. Te invitamos a conocerla y a que disfrutes el cuento
Llega tarde a la cita porque un policía de tránsito se ha interpuesto en su camino. Es una noche de viernes y Danny Yahosca Osorio pide un café que sólo prueba y no sigue tomando porque está frío y sabe muy mal. Por sus raíces jinoteganas, suele ser muy estricta cuando de esta bebida se trata.

Esta joven (de 23 años) es arquitecta, pero desde hace varios años, cuando aún era estudiante, se enmaquetaba ideas en su cabeza que ahora ha comenzado a diseñar en cuentos y novelas.
Ahora mismo Osorio se ve inofensivamente cansada. ¿Quién no? Ha pasado 10 horas escribiendo y ha llenado cinco cuartillas de una novela futurista que se ha propuesto terminar en los próximos meses.
"La arquitectura me sirve porque en esta novela me estoy imaginando cómo serán los edificios en varios años", dice esta joven que ha ganado concursos de ensayo y recientemente ganó el premio de literatura infantil La Cabra Antonia que realiza la fundación Libros para Niños, con el cuento La noche de todos los gatos.
El cuento de Osorio fue el ganador entre 68 obras concursantes. Y se publicará ilustrado. Se trata de una historia que en vez de decirles de qué se trata mejor la leen ustedes aquí al final de este texto. Lo que sí es válido recalcar es que el escenario donde suceden los acontecimientos es sin duda la Jinotega de sus ancestros.
Osorio es admiradora de Isaac Asimov y por tanto de la ciencia ficción. Pero también ha leído mucho a Kafka y el mejor libro que ha leído, según ella —y aquí se nota su influencia de la arquitectura—, es la novela histórica Los Pilares de la Tierra, del británico Ken Follett.
—¿A qué te querés dedicar de aquí en adelante? —se le pregunta.
—Yo creo que a escribir.
Que así sea.
Lea el cuento:
La noche de todos los gatos
Danny Yahosca Osorio
Cuando era una joven profesora, hace ya muchas décadas, acepté el reto de trasladarme de ciudad para dar clases de flauta a una niña y su hermano adolescente. La familia vivía en un pueblo ubicado al norte de mi país, que en aquellos días solía tener un agradable clima frío y una misteriosa bruma que envolvía la ciudad desde el amanecer hasta muy entrada la tarde.
Transcurría el mes de abril cuando, por fin, estuve lista para emprender mi aventura hacia las montañas del norte. Pensé, inocentemente, que en un pueblo tan apartado de la ciudad capital ningún acontecimiento insólito alteraría mis días de paz; sin embargo, allí viviría el incidente más aterrador y fantástico de toda mi vida.
La casa en la que todo sucedió, y en donde vivía la familia que me hospedaría, se ubicaba en las afueras del pueblo, encaramada sobre una colina que se alzaba orgullosa a un lado de la carretera. Era una antigua casona de tres pisos con elegantes balcones, que durante el día era cálida y hasta encantadora, pero al anochecer se llenaba de ruidos siniestros, maullidos de gatos histéricos y sombras fantasmagóricas que a la luz de las velas —porque, en ese entonces, no había energía eléctrica— parecían cobrar vida, y ahora que lo pienso, quizá lo hacían.
La familia que me contrató era agradable, un poco excéntrica, y hasta podían ser algo locos, pero pensé que se debía a que eran una familia de artistas; por lo demás parecían muy normales. El papá era un famoso violinista; Mariana, la niña, tenía apenas seis años y ya tocaba el piano como toda una experta; el pequeño Renato, de doce años, todavía intentaba dominar la guitarra; la mamá, por su parte, no tocaba ningún instrumento musical, pero lo compensaba con los asombrosos trucos de magia que había aprendido de su tía Alfonsina, una anciana amable y silenciosa... famosa por sus capacidades sobrenaturales.
La mayor rareza de esta familia era su amor extremo por los gatos, tenían una docena en total. Estos felinos parecían demasiado elegantes y sospechosamente inteligentes. En ocasiones, cuando estábamos solos, los sorprendía mirándome con desesperación y en esos momentos chillaban escandalosamente, como si tratasen de decirme algo; pero en lugar de palabras, sólo espeluznantes sonidos salían de sus bocas gatunas.
Habían pasado ya varios meses desde mi llegada, y se acercaban los festejos de Navidad, razón por la cual la familia preparaba una pequeña celebración. La fiesta se llevaría a cabo en vísperas de año nuevo y tendría doce invitados, amigos cercanos de la familia, a quienes debíamos entretener presentando un espectáculo de talentos en el salón de música. Mariana y su papá les deleitarían con un magnífico concierto, Renato interpretaría villancicos de Navidad, yo tocaría la flauta y la mamá sorprendería a todos con un avanzado acto de magia. ¿O con un deliberado accidente que cambiaría mi vida? Ya verán ustedes y juzgarán según los hechos. En fin, por ahora es suficiente con decir que todos en la casa nos esforzábamos en nuestras respectivas muestras de talento.
Llegado el día del evento, me pareció extraño que los gatos se hubieran esfumado; según la mamá, los había llevado con la tía Alfonsina, quien prefería festejar sola en su casa; y yo dejé de prestarle atención al asunto. En cambio, me concentré en atender a los misteriosos invitados que habían llegado por la tarde y desde entonces no habían dicho ni una sola palabra, ni siquiera gracias o por favor. Eran seis señores distinguidos y seis damas muy guapas, parecían un grupo respetable y educado, pero dejaban de lado sus modales cuando se acercaban a la mesa de los bocadillos, donde arrasaron con las croquetas de atún y los pastelillos de salmón ahumado, los cuales remojaban en vasos llenos de leche, una combinación tan exótica como ellos mismos.
Cerca de la medianoche, nos dirigimos al salón de música, abrimos los ventanales y, a la cálida luz de las velas, empezó la función. Los invitados, dispuestos en dos filas, formaban un medio círculo alrededor de un entablado que hacía de tarima; y yo, para no perder detalle, me senté de primera. Dicen que la curiosidad mató al gato, pero en este caso fue todo lo contrario.
El acto empezó muy normal y apropiado: excelente música, deliciosos bocadillos y un ambiente ameno. Hasta que llegó el turno de la mamá. Queriendo ver los trucos que haría, me acerqué todavía más a la tarima, donde ella jugaba graciosamente con dos cuencos de barro desde los que emanaban vapores de colores —rosado y plateado, mis favoritos—. Estaba yo hipnotizada por los colores y la fragancia de los vapores cuando, inesperadamente, un ventarrón entró por las ventanas, extinguió las luces pálidas de las candelas y trajo consigo a un gran pajarraco que revoloteó sobre la cabeza de la mamá, quien en medio de la confusión tiró sobre mí los cuencos y las pociones que estos contenían. En ese preciso instante, sentí cómo surgía desde muy dentro de mí un desmesurado maullido que solté con toda la fuerza de la que fui capaz; al mismo tiempo, se me erizaron los pelos de la cabeza y sentí un estremecimiento que me tumbó al piso y me produjo muchas cosquillas en la espalda; instintivamente me enrollé y rodeé mis piernas con los brazos, al instante un grueso pelaje me cubrió y sentí unos finos bigotes que salían de mis mejillas; entonces, lo entendí todo… A partir de ese momento sería una mascota más; tan inteligente y elegante como aquellas que antes quisieron alertarme.
Pasado el tiempo, y el susto, me gustó la cómoda vida gatuna; además, en cuanto dominé el lenguaje felino aprendí a pasarla mejor y hasta dejé de lamentarme, aunque siempre sentí que la mamá debió preguntarme antes de todo. Hoy, durante una víspera de año nuevo, aprovecho que por una noche puedo ser humana y escribo este relato, a la vez que disfruto de un apetitoso pastelillo de salmón, por supuesto, acompañado de un vaso con leche fresca.
¿Querés ilustrar este cuento?
Te gusta dibujar y tenés talento para las ilustraciones. Esta es tu oportunidad de ilustrar esta obra que la fundación Libros para Niños publicará con el cuento ganador, La noche de todos los gatos. Para eso están haciendo un concurso. La convocatoria estará abierta hasta el 20 de noviembre. Las bases del concurso las podés encontrarlas al final de este documento. Para más información llamá al 2532 1196 o pedila en fondo.editorial@turbonett.com.ni.
Descarga las bases del concurso aquí:
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